lunes, 28 de abril de 2014

Cientos de colibríes baten las alas al tiempo, sin que se escuche el golpeteo constante del plumaje contra el cuerpo. La única algarabía es la de su canto, que en solitario es difícil de detectar, pero en grupo se asemeja a un corral de polluelos piando, pero más suave, más discreto.
Aunque no tienen sentido del olfato, estas aves, las más pequeñas del mundo, detectan el jardín de Leonor Pardo, en San Francisco de Sales, a 47 kilómetros de Bogotá, para alimentarse de los bebederos rebosantes de néctar preparados por la dueña de tan extraña atracción.
Hace 26 años Leonor dejó su empleo en Bogotá, para buscar una vida más tranquila, en este municipio. “Y la encontré; quería paz y naturaleza, y aquí está”. Empezó con un bebedero en el jardín de apenas 17 metros cuadrados, en una casa a la que bautizó La Tortuguita.
Poco a poco llegaron los colibríes –27 especies de las 180 que hay en Colombia– y al primer bebedero lo siguió otro, y otro, y otro, hasta llegar a los 40. Sin querer, su casa se convirtió en punto turístico famoso entre ornitólogos y observadores de aves.
“Supe que no podía quedarme con esto solo para mí cuando una vez vino un ornitólogo a visitarme y me dijo: ‘Señora, usted no sabe lo que tiene’. Y era verdad, no me lo imaginaba”, cuenta Leonor. Así que abrió las puertas de su casa hace 8 años para compartir el espectáculo.
Aqui las imagenes: